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Trazos a ritmo de corazón

2011 April 14

Mi fetiche y mi amor, lo que me obsesiona y lo que podría llamar mi problemática a la hora de ilustrar, dibujar y pintar se basa en el cuerpo como universo, un cuerpo desplazado que a través de transiciones y desintegraciones desestructuradas conllevan a una comunicación con los poderes iniciadores de un ritual: las bestias y el universo funcionando como iconografía de todo lo visceral que representa nuestra carne en ese universo proyectado por nosotros mismos.

El cuerpo humano como una extensión del pensamiento. El cuerpo es un trazo nervioso, una línea, un gesto, es la expresión más alta de la creación, es el símil del universo. La desmaterialización que registramos bajo nuestra propia mirada (como los eufemismos de Francis Bacon en sus pinceladas que simulan el abrir y cerrar de ojos que deforman, paso a paso, lo que es visible, pero también hacen ver lo invisible), desnuda la percepción, nos hace ver con claridad en el reflejo, sin nuestras mascaras. Narices que se asemejan a penes y bocas en forma de vaginas.

El cuerpo es movimiento y como movimiento tiene historia, historia de representación, desde la necesidad de una mujer enorme para engendrar una familia en la era paleolítica, hasta la idealización de la anorexia en los cánones de belleza que están de “moda”. Es evidente que la Venus de Botticelli es regordeta y la estética femenina de esa época retrata a una mujer mucho menos estilizada (si es que esa es la palabra adecuada para referirnos a la extrema delgadez actual). En esta transición se ve no sólo el cambio de mentalidad sino el desgaste y la destrucción de ésta en el devenir histórico, como en la apropiación del torso femenino, primero con La bañista de Valpinçon de Jean Auguste Dominique Ingres, que posteriormente en el Dadaísmo y el Surrealismo seria reinterpretada por Man Ray con el Violín de Ingres, hasta su desgaste sexual, sadomasoquista y casi esquelético de La mujer pájaro en Joel Peter Witkin.

El trafico de imágenes del cuerpo, tanto en el consumo como en el arte, ha pasado por la transición del movimiento. La desfragmentación del cuerpo es evidente en los surrealistas, que otorgaban a los cielos labios de mujer y a los paisajes oníricos piernas sin sentido que se cruzaban proponiendo un erotismo irreal. En particular con Salvador Dalí, quien utilizó los supuestos psicoanalíticos para enfocarse en pulsiones y fijaciones sexuales, copiando visualmente el lenguaje propuesto por Freud.

La representación del cuerpo no sólo la sexualidad explicita, encubierta neuróticamente con velos, el surrealismo la explica. Todos los movimientos artísticos aluden a un contenido corpóreo intrínseco en todo el meollo de nuestro mundo, somos nosotros esa duplicidad inseparable que los filósofos buscaron comprender en un principio como una individualidad, sin su espíritu, para comprender posteriormente que el cuerpo no es nada sin el espíritu y el ánima que lo mueve y eso es inquebrantable e indivisible. Esa misma división se da en la publicidad, con la guerra de los sexos y el supuesto malentendido entre mujer y hombre, olvidando que somos parte de lo mismo y que si existen malentendidos es porque los necesitamos para terminar de comprender este don y esta extensión de nosotros mismos en resonancia con otras fuerzas extensas. La conjunción de dos cuerpos es el culmen, el límite, el Big Bang, el origen de las galaxias; porque cuando las galaxias hacen el amor, es que los dioses y los planetas se gestan.






Daniel Eduardo Orduz
 

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