A veces pasa que se mira desde arriba un vaso, moviendo las alas, viendo tantas cosas, tocando tantas otras, volando, siendo una mosca. Luego algo, un olor dulce, seductor, inevitable, untado de pasión, de odio y vino llama desde el vaso. Insinuándose, cautiva a la que sobrevuela, que ingenua y distraída se acerca, se para en el borde sobre sus patitas, lo rodea, lo hace varias veces, lo abraza, se encanta, se deja llevar, cae lentamente en un trance voluntario y desinhibido, y cede, y baja acariciando las paredes traslucidas, en espiral, como si no fuera ya suficientemente malo. Todo sucede sin interrupciones, se presiente la agonía y, sin embargo, se anhela el fondo. Se sabe en lo más profundo del corazón que no hay regreso, que nunca más se va a volar.
Él se movía con una gracia inigualable. Bailaba bien. Arcos y giros, uno tras otro, el siguiente como el anterior, o quizá mejor. Se paraba en puntas. Se dejaba caer. Paraba, y el mundo lo hacía con él. Brinco tras brinco se inventaba el bailar. Sus piernas lo sabían todo. ¡Esos saltos! Todo era tan suave, parecía estar atado a una nube que le cargaba, como si no pesara. Como si él mismo fuera una nube. Como si todas las nubes fueran como él.
Sus mejillas estaban rojas, completamente rojas. La matera sobre el marco de la ventanita no dejaba ver mucho, ni hacia fuera ni hacia dentro. Desde afuera, sólo se veía el techo. Desde adentro se veía el cielo. Allí nunca hubo puerta. Pude ver sólo lo que ese pequeño hueco entre las tablas dejaba. Siempre temí que me viera, no se porqué, ella no podía salir. Luego vi sus ojos miel. Luego su tez blanca. Luego sus labios. Sentí tanta emoción, ella me gustaba, al menos lo poco que veía. O quizá lo que me gustaba era poder verla, poder ver tan poco. Su espalda era perfecta, de eso no cabía duda, lo supe por el lunar.
El día era hermoso. Si no fuera porque sólo él podía disfrutar del gozo de verlo todo perfecto, diría que aquel día lo era. El nacimiento, sin ser metódico, transcurrió como si cada movimiento hubiera sido planeado para conmover al observador. No hubo extravagancias. Todo fue sutil. Rápido, aunque mientras duró no pareció así de rápido. El pasto se movió apenas para crecer un centímetro o dos. Todo cuanto había por allí floreció. Todo embellecía. A las jirafas les salieron nuevas manchas. Los colmillos de los elefantes crecieron varias pulgadas y se enroscaron un poco. Las orugas cambiaban a mariposa de repente, si me descuido un segundo, pierdo las crisálidas. Creo haberme puesto más bello yo también. Los árboles crecían ramas y se hacían más altos. Los girasoles ya no seguían al sol. Todo lo que tenía ojos miraba hacia allí. El huevo se abrió. El sol y la luna veían también. Salió del huevo. Lo hizo gordo, sonriente, con las orejas grandes. Majestuoso. Sucedió tal y como lo decía el libro. Cuando lo leí me pareció que exageraba, pero no fue así.
La puerta, la noche, la avenida, un café, el beso, los saberes de una puta y el llavero de plata que no descansaba llaves son mi único recuerdo después de hoy al despertar (…)
De madera, opaca, pesada, rechinante, vieja y agrietada (…) me alejaba de ella, dejándola atrás sabiendo lo que hacía, sabiendo que no debía. Cabizbajo vislumbré en un charco el reflejo de la luna, a la que me negué a mirar pues el peso de memorias harían de lo a vivir un poco más indigno. Seguí caminando.
Me desenvolví de ese momento de pensamientos y me hallé pisando asfalto que hacía horas carros no habían pisado, sin prisa, levanté la mirada y justó ahí, parada en el andén estaba ella, de falda, expectante y sus labios de rojo fuerte.
Me vio, sonrió, me abrazó y jalándome de la mano se apresuró a llevarme a un lugar que ella conocía. Entramos, me senté, lo pedí con brandy y por última vez en la noche la miré a los ojos. Me acerqué a ella, la vi cerrar los ojos y me estremecí mientras sus labios tocaban los míos. Hablamos poco en realidad, estuvimos sólo un rato ahí.
No me fijé a donde me llevó después, no lo recuerdo bien hasta que estuve sentado, en la esquina de una cama esperando a que saliera del baño.
Si algo bien recuerdo fue mi sorpresa al verla, fue inolvidable. Aturdido de deseo me dejé llevar por la lujuria. Pasaron las horas. Después de un cigarrillo me quedé dormido…
Antes de abrir los ojos sabía que ella no seguía ahí y lo siguiente que vi fue la ausencia de mis llaves sobre la mesa de noche.
Esta es la historia de un hombre que sin saber vivir bien solo, intenta, desde que se levanta hasta que se acuesta, con suma pasión, con deseo profundo, creyendo en un algo que desconoce, con esperanza al fin, convencer a una mujer de que vivir con él es bueno. Luego, él se da cuenta de que vivir con una mujer no es bueno. Nunca lo ha sido. Es también, la de una mujer que sin saber vivir bien sola, intenta, adornándose, con esperanza suma, creyendo en la vida buena, con todo su corazón, convencer a un hombre de que vivir con ella es bueno. Luego, ella se da cuenta de que vivir con un hombre no es bueno. De que nunca lo fue. Ciegos, creen que la vez siguiente es diferente. Después de muchos intentos, de muchos caprichos, de muchos hombres y mujeres, de mucha esperanza y sin más remedio, él se echa a morir y ella pierde la cabeza.
Conocí, sin embargo, un caso en el que él nunca se dio cuenta de que vivir con ella era malo. Ella sí. Lo curioso del caso es que él, como consecuencia apenas lógica, se mató, pero ella… estaba tan bonita.
En casa tengo un portavasos muy raro, y no es que no parezca un sujetalibros, pero a decir verdad sus servicios prestados le han definido esta vez y no su intensión primera. Esto es importante porque el portavasos de que hablo me lo dio ella. Y es que entre nosotros todo fue así. Yo siempre fui un sujetalibros que se pasaba los días siendo portavasos.

